Silverio reclutó a Josy Latorre para que
fuera la voz femenina del proyecto. Josy venía
desarrollándose como cantante interpretando las
canciones de Sylvia Rexach con Tuty Umpierre en
la guitarra y como vocalista del grupo La Puerta
en distintos Café-teatros.
Luego de trabajar algunas canciones, se les hizo
evidente la necesidad de percusión. En el
Departamento de Música de la Universidad de
Puerto Rico, donde hacía mi concentración,
Silverio se me acercó para que integrara la
sección de ritmo. Mi experiencia reciente había
sido con el grupo Tanamá, donde cantaba, tocaba
percusión y componía alguna que otra canción.
Este grupo se había dado a conocer en los cafés,
círculos universitarios y en dos conciertos en
salas de teatro de la capital: “Y Despierta el
Coquí” y “Bajú Caracol”.
Por invitación de Tony, Nano Cabrera completó el
“junte”. Nano comenzó tocando guitarra eléctrica
con un grupo de música rock para luego tocar el
bajo eléctrico en el grupo que acompañaba al dúo
Nelly y Tony.
La naturaleza y tranquilidad del barrio Caimito
conformaron la integración y tónica de los
ensayos. El trabajo de taller fue la forma
espontánea de integrar las distintas ideas,
inquietudes y tendencias musicales de cada cual.
La experiencia de cada uno de haber participado
en grupos donde se cantaba en conjunto la
armonizó Tony Croatto.
Contábamos con las voces correspondientes al
coro tradicional, Silverio, de forma natural
daba el registro profundo de un bajo. El que
suscribe, Irvin García, registraba un barítono y
exploraba terrenos de tenor. Tony, un tenor de
voz fuerte y elástica, aventurado en el registro
de los contraltos. Josy, una soprano natural con
afinación definida. Y Nano Cabrera con un
falsete por encima de todos, arriesgado en las
alturas donde el violín es rey. El trabajo vocal
fue sin duda un sello de marca que caracterizó
el trabajo y sentó las bases para desarrollar un
estilo.
En esos años se había desarrollado un movimiento
fuerte en pro del rescate de nuestra música
autóctona. Así pues, la música típica acepta la
invitación de las diez cuerdas de un cuatro
puertorriqueño recién estrenado (de oído) por
Silverio Pérez. Ese acercamiento amoroso y
comprometido con la música típica puertorriqueña
fue otro elemento de peso que definiría el
estilo propio y que sirvió de inspiración para
que muchos jóvenes se aventuraran a organizar
grupos musicales siguiendo esa tendencia.
La música de la montaña fue respetada en esencia
y en forma. Por otro lado, se integraron
elementos e instrumentación de la música
costera, lo que la enriqueció en colores. Ahí
nuestra aportación en los ritmos y la percusión.
La incorporación del trabajo percutivo como
concepto amplio mediante la utilización de todo
tipo de instrumentos de percusión y efectos,
además de los tradicionales, en función de la
música y sus ritmos, también quedó para el
estilo.
El elemento lírico encontró en la décima la
forma de hacer punto y hubo taller para rato.
Poesías de Juan Antonio Corretjer y Luís Lloréns
Torres se conjugaban para cantar mensajes de
afirmación, de manera refrescante. La influencia
de estos poetas es la que se entera del problema
de aquel señor que mientras ensillaba su
caballo, su amada se echó a llorar; tema de una
cuarteta que Corretjer había recogido en el
llano venezolano y que fue “decimada” por
Silverio en la canción “Ensillando mi Caballo”,
que entre otras de corte típico componían aquel
espectáculo.
La selección de temas de la Trova Cubana y
Latinoamericana completó el espectáculo llamado
Haciendo Punto en Otro Son. En el montaje de
estas canciones Nano Cabrera hizo su aportación.
Su acercamiento al bajo eléctrico proveía la
base para los acordes, establecía el patrón
rítmico y a la misma vez coqueteaba con melodías
de sonido grave y profundo, lo que también le
daba un sonido especial al “decir cantando” que
proponía esa primera presentación.
La nota romántica la impuso con naturalidad Josy
Latorre. Su compromiso con la interpretación, la
afinación y su actitud crítica ante la selección
de números (canciones) influyeron favorablemente
para lograr un repertorio balanceado.
Una última característica completaba la
proyección de un estilo propio: La participación
de dos o más personas como solistas en una misma
canción. Esto nos obligaba, sin querer
queriendo, dado los registros vocales, a modular
la canción al tono de la persona que cantaba
cada parte de ella. Así, una canción pasaba por
dos o tres tonos diferentes, lo cual la hacia
musicalmente interesante y proponía al oyente el
tránsito por distintos estados de ánimo.
Este “junte afortunado” se reunió para cumplir
con dos fines de semana en La Tea. No teníamos
el nombre para el espectáculo y le pedimos a
Emmanuel (Sunshine) Logroño una sugerencia. El
sometió Haciendo Son En Otro Punto, título que
barajamos en taller hasta quedar como usted lo
conoció. Lo que fue el nombre para un
espectáculo, el público lo registró corno el
nombre oficial del “Junte”. Lo que fue un
compromiso para dos semanas se convirtió en uno
de diez años.
En el verano de 1976 hacíamos nuestra primera
grabación en el pequeño estudio de ocho canales
de Tony Croatto. Este disco, que se conoció como
“el disco blanco”, contiene el repertorio de
aquel primer espectáculo: Ensillando mi caballo,
En la vida todo es ir, Vida campesina, Música y
Verde luz, en los aires de música típica; Mujer
de veintiséis años y Preludio/Agüeybaná, al
estilo balada rock; Ríe y Bosteza, Masa y Los
caminos, de la Trova Cubana: y el Boleró y Tango
de vestimenta interiori, ambos de corte
satírico. Este disco vendió muchísimo, pero
nunca supimos cuánto pues con él conocimos las
dificultades de los artistas con las casa
disqueras.
Penetrar la radio, que no era tal especializada
como ahora, fue nuestra meta inmediata. En
específico, queríamos que nos programaran en
WKAQ-AM, que era la emisora más escuchada y más
poderosa del área metropolitana. Pero, dato
interesante, donde primero se escucharon
nuestras canciones fue en el suroeste. La
aceptación del público para nuestras
presentaciones, más el respaldo sólido de las
emisoras de Ponce y Mayagüez, obligaron a la
radio metropolitana a incluirnos en su
programación. Ya para noviembre de ese año
Ensillando mi caballo y Vida campesina ocupaban
los primeros lugares en la programación radial
de toda la isla.
En anticipación a la segunda grabación, a
algunas canciones se les añadieron melodías de
flauta, vocales y percusión, elementos que no
estaban en las presentaciones en vivo. En
nuestro empeño por reproducir lo más fielmente
posible lo que el público escuchaba en el disco,
integramos a José “Chiqui” García para proveer
esos elementos. La integración resultó positiva,
pues “Chiqui” García se acoplo a la dinámica y
aportó fuerza agresividad con su flauta y
percusión, aportación que sería más notable en
los montajes por venir.
Un Abajito y Queriendo, especial para la
televisión producido y dirigido por David Ortiz,
fue el escalón intermedio entre el “disco
blanco” y el segundo, titulado Oubao Moin. Este
especial incluía varias canciones del primer
disco y otros que habíamos sumado a nuestro
repertorio, entre ellas el poema de Juan Antonio
Corretjer musicalizado por Roy Brown, Oubao Moin.
Fue este disco el que más tiempo nos tomó
grabar. Más de dos meses de trabajo diario. El
resultado, en términos artísticos, superaba al
anterior. Pero en términos comerciales fue un
desastre por varias razones.
Una de ellas fue que al momento de promocionarlo
el grupo sufrió un cambio de imagen por la
salida de Tony Croatto, una de las figuras más
conocidas y una de las voces principales en el
trabajo de ese disco.
La situación nos planteó un reto porque después
de mucho sacrificio por mantener el proyecto en
movimiento y la responsabilidad ante el público,
no podíamos ni queríamos dejarlo caer. Ante el
vacío de la figura, la voz y la guitarra de Tony,
decidimos probar suerte incorporando un piano
para suplir la armonía que proveía la guitarra,
yo vendría al frente en las congas con más
responsabilidad en los vocales y traeríamos a
alguien para la batería.
Al piano se “juntó” José “Paché” Cruz, adición
que resultó afortunada pues “Paché” tocaba
además de guitarra, el cuatro boricua y el tres
cubano. En la batería se sentó Bobby Reverón,
compañero de labores del grupo Tanamá, con mucha
experiencia en le género del jazz pero poca en
ritmos latinos.
Así cumplimos varios compromisos que pasaron sin
pena ni gloria. Ante la situación, Nano no quedo
muy satisfecho y decidió abandonar el grupo para
incorporarse al nuevo trabajo que preparaba Tony.
En ese momento también prescindimos de los
servicios de Bobby Reverón.
Conocí a Iván González Aulet tocando en un
Festival de Claridad con el grupo Abayalde. Me
gustó mucho el trabajo del grupo y especialmente
el de Iván en el bajo eléctrico, por lo cual lo
invité a unirse a nosotros. Iván trajo consigo
el refuerzo vocal y el sonido del bajo que nos
hacían falta para construir una nueva
proyección.
El mismo día que llegó Iván, Josy trajo a Ramón
“Moncho” Díaz, quien venia de tocar en distintos
grupos de música latina y rock. Con la batería
trajo los timbales y con la combinación de ambos
instrumentos desarrolló un estilo para el
formato de música criolla que tocábamos, que
muchos copiarían después.
Este nuevo “junte” también resulté afortunado.
La sangre nueva fluyó dentro del grupo
recogiendo las características que habíamos
desarrollado, logrando un sonido superior y un
espectáculo que llenó a capacidad el teatro del
Centro de Convenciones, en el Condado. En poco
tiempo este nuevo proyecto sobrepasó las metas
que teníamos en agenda.
Ya para el verano de 1977 grabamos nuestro
tercer disco larga duración (LP). Este se grabó
en veinticuatro canales, lo cual nos brindé la
oportunidad de producir más calidad y multiplicó
las opciones creativas. Este disco se dio a
conocer por una canción que fue uno de los
mayores éxitos, sino el mayor, en La carrera de
Haciendo Punto: La Muralla (poema de Nicolás
Guillén, música original del grupo Quilapallun).
Con La Muralla consolidamos la nueva imagen,
recorriendo todas las plazas públicas del país,
lo que dio pie para la internacionalización del
grupo. La primera oportunidad fue la Republica
Dominicana, donde recorrimos varios pueblos del
interior hasta terminar en la capital ante una
mulitita de diez mil personas.
La segunda gira fue a las comunidades hispanas
de la costa este de los Estados Unidos: Nueva,
Cork, New Haven y Hartford fueron las plazas
visitadas, logrando un éxito considerable.
A principios del 1978 recibimos la invitación
para participar en le Festival de Juventud a
celebrarse en la Habana, Cuba, para el verano de
ese mismo año. Pero unas semanas antes de ese
viaje “Chiqui” García, Josy Latorre y yo
abandonábamos el grupo.
Dejar a Haciendo Punto fue como dejar una parte
importante de la vida, una experiencia dolorosa
pero a la misma vez llena de satisfacciones.
Quedaba la satisfacción de haber fundado un
proyecto que caló hondo en el sentir
puertorriqueño, la de haber aprendido mucho en
el aspecto artístico, la experiencia de
visualizar las posibilidades de nuestra música y
la esperanza de volvernos a reunir en algún
punto del camino futuro. Afortunadamente así
sucedió en este Punto Final. Quizás la fortuna
se encargó de juntarnos o quizás nunca hubo tal
distancia desde aquella noche en que dio
comienzo este “Junte Afortunado” hasta la noche
en que se escribió el Punto Final. |